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El agradecido formato documental

Sí, se podría decir que el flamenco agradece el formato documental. Tras unas décadas en las que este arte estuvo manoseado por una cinematografía cañí (nacional-flamenquismo, le llamaron algunos), que ofrecía una folclórica y caricaturesca imagen de él, en 1952, llega este madrileño -con nombre y apellidos americanos -, Edgar Neville y se propone captar en imágenes ese intangible tan afín al flamenco como es el duende. Era un tiempo aquel de revalorización del arte, y esa película, Duende y Misterio del flamenco, vino a suponer una reacción –puede que cercana al cinema verité- a esa tendencia anterior, aportando, por otro lado, un aliento adicional a ese sentir dignificador del flamenco del que también nacerían el Concurso de Córdoba, el estudio del hispano-argentino Anselmo González Climent, la Antología de Perico del Lunar o la Cátedra de Flamencología de Jerez. La película, que fue premiada en el Festival de Cannes, ofrecía básicamente una antología de cantes y bailes, pero –eso sí- alejada, quizás por vez primera, de todos esos manidos tópicos al uso hasta entonces. Entre los cuadros recogidos, son muy recordadas aquellas imágenes de Antonio bailando con Arcos al fondo y, mirando muy de cerca a Cádiz, las impagables imágenes de un Aurelio Sellé, que canta acompañado por unos jóvenes Chano Lobato y La Perla de Cádiz.
Desde entonces, y con contadas excepciones, el formato documental ha venido aportando al flamenco una imagen real y nada distorsionada, que es lo que en verdad este arte necesita. En esta línea, se obvian los trabajos de Carlos Saura, casi unánimemente aceptados, a pesar de que este arte no sea de lo más dado a unanimidades. Uno de los pocos casos de este infrecuente fenómeno puede que lo constituya el documental del antropólogo y periodista de Morón de la Frontera, Fernando González Caballos, quien tuvo la privilegiada oportunidad –y también la osadía empresarial- de acompañar a Francisca Méndez Garrido, La Paquera de Jerez, a su primer y único viaje a Japón en el año 2002. Aceptado por la cantaora como parte de su familiar troupe, González-Caballos no dudó en pedir dinero prestado para comprar el equipo y costear una producción que hoy día tiene consideración de joya del flamenco: Por Oriente sale el sol (La Paquera en Tokio), un documental con tratamiento de road movie supone, además, una entrega excepcional y casi final de una artista que fallecería apenas dos años después.
Por su parte, el documental Francisco Sánchez-Paco de Lucía (2003) goza también de la excepcionalidad de abrirnos el mundo personal y artístico del guitarrista de Algeciras, una puerta pocas veces abierta –si exceptuamos las largas conversaciones contenidas en las dos biografías que sobre él escribe Juan José Téllez- en un artista que es bien conocido por el celo con que protege su intimidad. En la obra, una producción en la que participan TVE y el canal europeo ARTE, se muestra la vida cotidiana del artista en el año en que se grabó, sus preparativos de giras, grabaciones, una buena cantidad de declaraciones e imágenes inéditas y, como un regalo para sus aficionados, un extenso apartado de actuaciones en directo. Entre ellas, el Concierto de Aranjuez y otras intervenciones ya en solitario, dúo o trío. El documental ha sido premiado en los Festivales de cine y audiovisuales de Málaga, Biarritz, Chicago o Munich.

Fermín Lobatón

centro andaluz de flamenco

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